Artista de la calle.
Con la habilidad de mover bolas de hule en sus manos; Mauricio Rodríguez `` Maucho´´, paga sus estudios en sistemas.
Por: Alex Peña
En la cancha del parque de Usaquén, me encontré con Mauricio Rodríguez, a quien sus amigos le llaman; ``Maucho´´. Me dejé impactar por el movimiento hábil que daba a sus bolas rojas de hule, y me acerqué indagando acerca de esta habilidad, que dejó sorprendidos a muchos.
Todos los domingos, en este lugar, se reúne con diferentes jóvenes, para practicar una disciplina, que para él, es la única manera de subsistir. ``Por mis bolas, he avanzado más de la mitad de mis estudios´´, dice Mauricio; con un tono alegre y picaresco, mostrando con mucho orgullo, ante mi cámara fotográfica, las cuatro bolas que le han dado para sobrevivir en los últimos siete años.
Él es un joven de 24 años de edad, estudiante de ingeniería de sistemas; Mauricio desde los diecisiete años salió a las calles capitalinas a probar su suerte en los semáforos. En un principio utilizaba fuego y otros elementos arriesgados pero luego; en una visita que hizo a un circo, conoció a la que para él, fue la persona que le dio la posibilidad de probar su habilidad con las manos, y le obsequió las bolas de hule.
``Ese tipo es un santo para mí´´, dice ``Maucho´´, emocionado por haber conocido a la persona que le dio la herramienta para trabajar por él mismo. Desde el día que este hombre le obsequió las bolas de hule, se dedicó a practicar en los ratos libres, que para él; son muchos. Uno de los lugares favoritos es donde lo encontré, Usaquén, dice que este lugar es el perfecto para dejar bolar sus bolas al aire y donde, además, puede intercambiar habilidades con los otros compañeros que también se acercan a ensayar.
Después de una intensa jornada de práctica, donde se cuidad que en cada movimiento exista mayor seguridad, llega la hora de partir, rumbo al escenario, que para él no es un tarima llena de candilejas ni telones de color vino tinto, para Mauricio como para muchos de sus compañeros: el escenario es la calle, exactamente donde exista un semáforo en rojo, de tiempo prolongado, que le permita en tres minutos mostrar el resultado de su agotadora disciplina.
En los primeros segundos con una venia se presenta ante su público, y de ahí en adelante inicia todo un ritual de movimientos, a los que Mauricio le ha llamado`` La danza de las cuatro rojas´´. Luego de impactar a uno de los públicos más difíciles, como lo es, el de la calle, vuelve la venia, esta vez en señal que la función terminó y que la hora de la ``recogida’ se acerca.
En un día de labor, que va desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, ``como horario de oficina´´, ``Maucho´´, repite la danza de las cuatro rojas´´, unas cincuenta veces; cada diez, hay una variación en el espectáculo, y es donde sus compañeros los respaldan con otras actividades; mientras tanto, Mauro descansa para tomar energía.
Ya llegando la tarde y terminando su jornada, Mauricio Rodríguez lleva con él, además de las bolas de hule, uno que otro billete de mil pesos, que un buen observador le depositó en su sombrero, un lapicero de color azul, que una niña le dio en señal de agradecimiento; pero sobre todo, su sombrero, lleno de monedas, que sumadas, dan lo necesario para llevar a su casa el alimento a su pequeño hijo de solo ocho meses de nacido.
Gracias a las bolas de hule y su habilidad de movimientos, ``Maucho´´ no solo podrá graduarse como ingeniero en sistemas sino además darle a su bebé y a su joven mujer un futuro mucho más estable y lleno de satisfacciones.
